Cosas de la vida

15 noviembre 2009

Educar para Vivir

Filed under: Educación,Filosofía,Psicología,Tutoría — Montse @ 10:15 pm

Estoy absolutamente convencida de que el fin último de la escuela debe ser enseñar a vivir y creo que para aprender a vivir, no sólo a sobrevivir -ojo-, es necesario que en la escuela ayudemos a desarrollar en los chicos y chicas valores, actitudes, competencias y/o capacidades tales como:

La confianza en uno mismo/a:

El esfuerzo y la resistencia ante la frustración:

La fortaleza:

El optimismo y las ganas de participar, aprender, disfrutar:

La esperanza:

El compromiso con la construcción de un mundo mejor:

La paciencia y la humildad en lo bueno y en lo malo:

Había una vez un rey que había conseguido uno de los mejores diamantes que existen Pidió que le fabricaran un anillo en el que pudiera ocultar un mensaje que le ayudarar en momentos de desesperación total y que también sirviera para ayudar a sus herederos, a los herederos de sus herederos, a los herederos de los herederos de sus herederos …

En su reino había sabios, grandes eruditos, capaces de escribir grandes tratados. Pero dar un mensaje de no más de dos o tres palabras que pudiera ayudar en momentos de desesperación total no era fácil. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no encontraron nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano y viendo que los sabios no le daban ninguna respuesta, el rey hizo llamar al anciano y le planteó la situación. El anciano no era sabio, ni erudito, ni académico, pero conocía un mensaje que le había regalado un místico que había sido invitado del padre del rey. El anciano escribió en un diminuto papel el mensaje que aquel místico le había regalado a modo de agradecimiento, lo dobló y se lo dio al rey. Pero no lo leas –le dijo- mantenlo escondido en el anillo y ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar, el país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar su vida,  sus enemigos lo perseguían, estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos, no podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino. De repente, se acordó del anillo, lo abrió, sacó el papel y allí encontró el pequeño mensaje que decía: “ESTO TAMBIEN PASARA”. Mientras lo leía, sintió que se cernía sobre él un gran silencio, los enemigos que le perseguían se habían perdido en el bosque o se habían equivocado de camino, lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. En ese momento, el rey sintió un profundo agradecimiento hacia el sirviente y el místico desconocido.

Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes y mucha comida. El rey se sentía muy orgulloso de sí mismo y el anciano, que estaba a su lado en el carro, le dijo: “este momento también es adecuado, vuelve a mirar el mensaje”. ¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-, ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida. Escucha –dijo el anciano-, este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estés derrotado, también es para cuando te sientas victorioso. No es sólo para cuando seas el último, también es para cuando seas el primero.

Entonces, el rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba; pero el orgullo había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Entonces el anciano le dijo: “Recuerda que todo pasa, como el día y la noche. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes, hay momentos de alegría y momentos de tristeza; acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas”.

Aprendiendo a interiorizar estos valores, actitudes, competencias, capacidades o lo que sea, estoy desde que entré en la escuela y ahora, además, aprendiendo día a día a transmitirlos a mis alumnos y alumnas cada vez un poco mejor.

Un abrazo, Montse.

Agradecimientos y reconocimientos: El vídeo “¿Vas a acabar siendo fuerte?” lo ví en este post del blog de Vero Desde mi nube (Vero es una antigua alumna mía y, curiosamente, un vídeo parecido me había mandado un día antes vía Tuenti mi ex-alumno Borja Martínez). El cuento lo aprendí de Cizañas, amigo de mi amigo Andriu, que nos lo regaló en un comentario que hizo en este post del blog de Andriu NaDa PeRmAnEcE.  Gracias Vero y gracias Cizañas o Quim.

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