Cosas de la vida

12 marzo 2010

Delibes: la inmortalidad de su obra

Filed under: General,Vida afectiva — Montse @ 11:57 pm

Entre las cosas buenas que tiene ser un genio está que consigues la inmortalidad gracias a tu obra. Y es precisamente por la inmortalidad de su obra por lo que Miguel Delibes no se ha ido del todo, él siempre permanecerá entre nosotras y nosotros gracias a las enseñanzas, las emociones, los sentimientos y los valores que transmiten sus obras.

Desde esta humilde bitácora quiero rendirle mi particular homenaje a Miguel Delibes reproduciendo algunos de los fragmentos del discurso que pronunció con motivo de su ingreso en la Real Academia de Española, un discurso extraordinario que más de 30 años después de haber sido escrito sigue estando plenamente vigente. Dicho discurso se convirtió posteriormente en un libro cuyo título es Un mundo que agoniza que me permito recomendar encarecidamente.

Cuando escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel el Mochuelo era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional.
… el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia.
… El hombre, obcecado por una pasión dominadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro. Pero, ¿cuál puede ser, presumiblemente, ese futuro? Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlo, una necedad. Pero sí cabe denunciar la dirección torpe y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso.  Así, quede bien claro que cuando yo me refiero al progreso para ponerlo en tela de juicio o recusarlo, no es al progreso estabilizador y humano -y, en consecuencia, deseable- al que me refiero, sino al sentido que se obstinan en imprimir al progreso las sociedades llamadas civilizadas.
… La tecnocracia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos … El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquieren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir; de tal modo que en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteligente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que nos son necesarios.
… nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días. … Esto ratifica la afirmación de Erich Fromm de que para conseguir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos.
… Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero. Únicamente empleando la inteligencia y la razón, podremos escapar de la amarga profecía de Roberto Rossellini cuando dice que «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte».
… A la vista de cuanto llevo expuesto, no necesito decir que el actual sentido del progreso no me va, esto es, me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia. El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde a todos los niveles, a un planteamiento competitivo. Bien mirado, el hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir y cada día parece más lejana la fecha en que seamos capaces de ir juntos a alguna parte.
…  A mi entender, únicamente un hombre nuevo, humano, imaginativo, generoso sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable. Lo que es evidente, como dice Alain Hervé, es que a estas alturas, si queremos conservar la vida, hay que cambiarla.
… Desde que tuve la mala ocurrencia de ponerme a escribir me ha movido una obsesión antiprogreso, no porque la máquina me parezca mala en sí, sino por el lugar en que la hemos colocado con respecto al hombre. … Esta respuesta displicente no envuelve un rechazo de la máquina, sino un rechazo de la máquina en cuanto a obstáculo que se interpone entre los corazones de los hombres y entre el hombre y la Naturaleza. Mis personajes son conscientes, como lo soy yo, su creador, de que la máquina, por un error de medida, ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón.
… Mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles.
… Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: «¡Que paren la Tierra, quiero apearme!»
Miguel Delibes

Descanse en paz, este hombre de verdad, como lo define Emilio Lledó en ELPAÍS.com de hoy viernes 12 de marzo de 2010 y, desde aquí, mi más sincero pésame a la familia porque para nosotros se ha ido un genio de la literatura pero para ellos se ha ido el abuelo que es más importante.

Mi solidaridad para la familia, Montse.

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2 comentarios »

  1. Cuanto bohemio hay por ahí suelto que va de iluminado por la vida y parece increíble la lucidez y la sensatez con la que habla un hombre como Miguel Delibes, que fácilmente podría estar ahogado en el éxito de su propia obra y que sin embargo nunca renunció a la humildad de saberse simplemente un hombre como los demás.
    Un magnífico post Montse, un saludo :-)

    Comentario por Jorge Matute — 15 marzo 2010 @ 11:16 am | Responder

  2. ¡Jorge, cuánto tiempo!, ¡bienvenido de nuevo!

    Pues sí, Jorge, en este mundo de autobombo todavía hay auténticos genios que nos dan lecciones de humildad. Si no has leído ese libro te lo recomiendo, de hecho si pinchas sobre el título puedes descargarlo, en su página oficial dan esa opción, así que supongo que será legal.

    Un abrazo, Montse

    Comentario por Montse — 15 marzo 2010 @ 5:52 pm | Responder


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