Ángel Encinas ha tenido la amabilidad de hacer un comentario en mi post anterior titulado “¡Cómo se parecen a nosotr@s!”. Como lo que cuenta me parece que es una prueba más de que l@s alumn@s no son tan distint@s de nosotr@s y de que tenemos una mano larga y otra corta (larga para exigir y corta para exigirNOS) he decidido ponerlo aquí tal cual. Dice así:
Un “sucedido” de hace dos años. Examen de septiembre de Lengua. Un buen alumno de 4º ESO, educado y correcto, sabe que se está jugando el título y está concentrado en la tarea que ha preparado a conciencia en el verano con un profesor particular. El móvil, en posición de silencio, lo ha depositado a un lado del pupitre. De pronto, cuando aún no ha empezado el examen, se pone a vibrar, con ese tenue ruido que produce sobre una superficie. Lo apaga y se disculpa como sabe hacerlo desde que lo conozco. Pero ya se han puesto a reír los compañeros, que conocen bien a la profesora, y ésta no lo duda: expulsión del examen, sin consideración o explicación que valga. En la evaluación el cero en Lengua es innegociable para la profesora y el alumno no puede titular. Tampoco puede repetir y sólo gracias a la Dirección del Centro se consigue que entre en Diversificación. Hoy sigue sus estudios y sigue siendo un buen tipo, legal, educado, cariñoso y amigo de sus amigos. La profesora en cuestión responde perfectamente al magnifico retrato que haces de algunos colegas, demasiado numerosos por desgracia en algunos Institutos. Sólo te ha faltado recordar esas frases que empiezan siempre por “En mis tiempos…”, “Esta juventud de hoy…”, “No los soporto….”; la querencia que tienen por las mesas-camilla y la barra de la cafetería, así como la fijación obsesiva que tienen con el reloj y las ganas de salir disparados del Centro al menor hueco o descuido. Son colegas que se creen que están haciendo con su presencia en el Instituto un favor a los alumnos y a la Administración. Pues bien (tengo que abreviar, que parece que también estoy en la barra), llega la primera evaluación del nuevo curso y en pleno acto suena a todo volumen la estridencia de un móvil: el de esta señora, por supuesto. Tarda un rato en sacarlo de su bolso y no lo apaga, sino que se va con la música a otra parte. Y al rato vuelve, como si nada. Ninguna disculpa. Sigue la evaluación y al rato nos sorprende de nuevo el ruidoso megáfono de la señora, que de nuevo toma el camino de salida al ritmo de su tum-tum. Todos nos miramos, pero lo más que hacemos algunos es levantar el párpado izquierdo. Nos falta la espontaneidad y valentía de muchos de nuestros alumnos, de los que tenemos siempre algo que aprender. Un saludo cordial.
¿Qué hacer en un caso así? ¿Callarse y ser así un buen compañero o compañera? ¿Decir que es inaceptable el abuso de poder de un profesor o profesora de ese tipo, máxime cuando él o ella no es un modelo a seguir precisamente? Lo siento, opto por lo segundo. Como persona, primero, como educadora, segundo y como filósofa, tercero, no puedo ni debo callarme ante injusticias de ese calibre. Educamos en valores, pero ¿qué valores transmitimos si nos callamos ante injusticias de este tipo sólo porque primamos el corporativismo sobre la racionalidad?
Ángel me parece inaceptable lo que relatas, pero sé que es absolutamente real porque cosas así, parecidas y peores están pasando en muchos centros. Ayer, me contaba una alumna cómo había sido objeto de abuso de poder, humillación y prepotencia. Yo voy a hacer todo lo que está en mi mano para que la alumna aprenda que algun@s creemos que la educación no es amenaza, no es abuso de poder, no es prepotencia… Pero ¿eso de qué sirve?
Que un profesor o profesora haga este tipo de cosas y ni el equipo directivo ni la inspección ni nadie haga nada es enseñar a l@s chic@s que aprendan a tragar y a callarse a todo porque quien tiene el poder acaba siempre haciendo lo que le da la gana. Luego se nos llena la boca diciendo que hay que fomentar el pensamiento crítico pero, a la hora de la verdad, la realidad es el ordeno y mando. ME NIEGO, si eso es la educación que me echen.
Un saludo, Montse.
